I
Yo era un hombre feliz. Tenía mujer e hijos. Crucé esa puerta. Y ahora, ¿qué hago yo acostado al lado de este hombre extremadamente bello, hay que reconocerlo, de ojos azules oscuros, muy intensos, que me queman la piel; y desnudo?
1
Esta mujer acostada a mi lado, ¿quién es? Una puerta. Como de ésas que uno ve y quiere traspasar para conocer qué hay del otro lado. Y luego se arrepiente de la curiosidad.
II
Me levanto con parsimonia. Él, el Hombre, me mira. Tiene cubierta sus partes. Su torso sigue desnudo. Antes de intentar abrir la puerta vuelvo a mirarlo. Él me devuelve la mirada. Me lanza un fuego invisible en el hombro izquierdo. No espero más. Le doy la espalda. Giro el picaporte. La puerta no cede.
2
Finjo dormir. No quiero molestar. Al menos, hasta que consiga saber dónde estoy. Y lo peor: quién soy. Pero ella interrumpe mi fingido sueño. Despiértate, viejo, se te hace tarde para el trabajo. Y además tengo que dejar primero los niños en la escuela. ¿Mis hijos?
III
La atemporalidad es terrible. Me he quedado como una imagen congelada; tratando de abrir la puerta. No sé qué tiempo llevo así. Puede que minutos, horas, días, meses años y ¿hasta siglos?
3
Estoy estupefacto. La mujer ¿la mía? se ha levantado. Sale del cuarto. Supongo que al baño. No me equivoco. Regresa. Pero, ¿todavía en la cama? Me destapa y me descubre en cueros. ¡Descarado! Me dice en broma. Me masajea los güevos. Pero no hay tiempo para eso ahora.
IV
Regreso abatido a la cama, me siento en su borde. ¿Dónde estoy? Pienso en mi familia.
4
Heme aquí con dos hijos y un Lada bien cuidado. Yo al volante. Nunca aprendí a manejar. Una intuición sacada de no sé dónde me guía. Dejo a los muchachos, son dos varones, en la escuela. Y ahora, ¿qué hago? ¿Dónde trabajo?
V
Me he vuelto a acostar. Necesito pensar. Buscar una lógica a todo esto que me está sucediendo. El Hombre se levanta, desnudo. De verdad que es bello. Netamente proporcional. Se sirve una tasa de café. Me brinda una a mí. Lo necesito.
5
Vuelvo a la casa. No sé por qué no fui a buscar a los niños. Soy director de una empresa. La intuición, paso a paso, me va dictando esta nueva vida.
VI
No dejo de pensar en Neysi y los niños. Deben estar preocupados por mi tardanza. El Hombre, no me atrevo a preguntarle el nombre, me vuelve a quemar con su mirada. Es su forma de llamar mi atención. Esto es como estar en una novelita de ciencia ficción, género que detesto.
6
Hemos acostado a los niños. Vamos a acostarnos, me dice. Va al baño. Yo haré lo mismo cuando ella termine. Cuando termino, regreso a la habitación. Desearía que la tierra me tragara. Abro la puerta y no la veo en la cama. ¿Dónde se ha metido? Miro alrededor y no la encuentra. Me meto en la cama. Y como un ave fénix se corporiza. ¿Cómo es posible? No hay tiempo para respuestas. Ella está parada frente a mí. Desnuda.
VII
De nuevo desnudo. No me lo creo, porque Él me lo ha pedido. En la habitación, espaciosa, sólo hay la cama ancha donde yacemos, y una silla donde está mi ropa. La misma que llevaba puesta cuando desaparecí.
7
Mantiene unos senos erectos. A pesar de sus treinta y tantos años. Un vientre todavía bastante plano y un bosque ennegrecido que le cubre el pubis.
VIII
¡Malditas las tetillas desarrolladas que tengo! Se entretiene acariciándomelas tiernamente con las yemas de sus manos. Luego con su lengua.
8
Me siento usado. No consigo explicarme cómo lo logró. Consiguió en mí una de las mejores erecciones que haya tenido en mi vida. Dura y persistente. Sólo recuerdo un acto de succión lenta, tibia; me acordé del 13 y la broma que con ese número se hace. Tú abajo, me dijo, Yo, arriba. Y se me montó encima como una excelente amazona. Y aquellos gritos. Y yo, que los niños pueden despertarse. Pero a ella no le importaba. Acariciaba mis tetillas (lo que más me excitaba). ¡Dámela! Acaté su orden profusamente. Sentí que me vaciaba. Lo lindo: juro que nunca antes me había acostado con una mujer.
IX
Incómodamente levanta el brazo y mira el reloj que lleva el la muñeca. Con cuidado, como si temiera dañarme, aparta suavemente mi cabeza de su pecho. No me explico cómo habrá ido a parar allí. ¡Levántate! Me ordena. Se nos hace tarde. Andrés…, dice. ¿Y quién es Andrés? No conozco a ningún Andrés. Me pide que me apure, que me vista. Y entonces, empotrado aparece un closet en la pared. Allí encuentro ropa cara, de la mejor calidad, de marca, como le gusta decir a la gente. Escojo. Un traje azul oscuro. El Hombre elogia mi gusto al vestir. Suena un claxon. Ahí debe estar Andrés.
9
¡Dios mío! ¿Dónde empieza mi vida anterior con esta mujer que descansa a mi lado luego de ese orgasmo tan bien disfrutado? Joel, ¿dónde estás tú, Joel? ¡Sácame de este embrollo! Sólo tengo que acordarme de mi dirección anterior y estaré salvado. Recuerdo que mi casa está al oeste de la ciudad, en el apartamento de Joel, un renombrado científico de este país. Mañana, en vez de irme directamente al trabajo, me voy corriendo a mi casa.
X
Son once hombres. Todos debidamente elegantes. Nunca he alternado con este tipo de hombres. Al menos que recuerde. En la situación en la que me encuentro todo puede ser posible. ¡Joel, estás regio!, dice uno de los presentes. Joel. Al fin podré llamar por su nombre al Hombre responsable de esta dimensión en la que me encuentro. Lo miro. Me proyecta otra de sus miradas. Reconozco, sin saber cómo, a la mayoría de aquellos hombres afectados. Joel se me acerca, a centímetros de distancia. Pasa levemente la yema de su dedo por la superficie de mi pronunciado labio inferior. ¡Ánimo!, me pide. Y me miro en sus ojos azules oscuros, profundo. Me doblega amorosamente.
10
Pero no existe la casa. Ni el laboratorio donde trabaja Joel. Me lo aseguran todos aquellos a los que pregunto. Y ahora, ¿Qué me hago? Neysi puede darse cuentas de que no soy quien ella cree. ¡Y qué decir de los niños!
XI
No conozco sus vidas. Hay un poco de todo. Melindrosos, presuntuosos, extravagantes, pero también tipos muy agradables, de un humor hilarante que me divierte. Los hay que se integran por primera vez al grupo y se acercan a Joel y a mí, a presentarse.
11
Nadie se da cuenta de que no soy quien ellos creen. Sigo llamándome Alberto; al menos conservo mi nombre de antaño. Padre de dos niños muy inteligentes y marido de una mujer que linda la ninfomanía. Bueno, así lo creo yo. Desconozco la opinión del “otro.”
XII
Joel es un eminente científico, ganador de numerosos galardones. Reconocido dentro y fuera del país. Respectado por su talento. ¿Y Andrés? ¿Otro científico? No. Un joven –Joel y yo por las edad podemos ser su padre–, también reconocido y respetado por su talento, pero perteneciente al mundo del arte. Un pintor que según la crítica, y Joel, promete y de quien se hablará mucho.
12
Estoy resignado. Sigo dejando que mi mujer se me monte encima todas las noches y saque de mí una virilidad y potencia sexual desconocidas. Llevo los niños a la escuela por las mañanas. Me comporto, por intuición, como un excelente director de empresa. Y el ciclo se repite.
XIII
Los hay adictos a la gula, uno o dos. Otros juegan canasta. Los menos distinguidos, al dominó. Ahí encajaría yo si estuviera en otras circunstancias. Nadie habla de sexo.
13
Neysi sabe manejar, pero Alberto, no yo, el otro, prohíbe le toquen el Lada ni con el pétalo de una rosa. Por eso mi mujer se queda asombrada cuando le extiendo las lleves del auto y le digo lleve ella a los niños al parque de diversiones, que no me siento con ganas. Me toca la frente, debo tener fiebre y yo que no, que no estoy jugando, ¿no tiene ella acaso licencia? Y, sin poder comprender, arranca el auto y se van.
XIV
Y yo, ¿quién soy en esta historia? Prefiero mi rutinario puesto de director de empresa “de antes,” a Neysi y los muchachos. Vuelvo a sentir el corrientazo de fuego en mis espaldas: un nuevo conocimiento se me va a develar. Se me acerca Miguel, uno de esos afectados, y me pregunta cómo va mi libro. Entonces, ¿soy escritor? No de muy alto vuelo, más bien mediocre. Pero Joel, con sus influencias, ha logrado que un editor mexicano, me editara unos cuentos de mala muerte. “Bien” es la monosilábica respuesta que le doy al tal Miguel, un ingenierito de mierda y deseoso de ocupar mi lugar en la cama de Joel.
14
Me acuesto con la esperanza de volver a encontrar la puerta y regresar al otro lado, al mío. Seguro que allí estará Joel, esperándome. Cierro bien los ojos y lo veo. Yo, en aquella esquina a las once de la noche; había salido de la escuela nocturna, necesitaba mi grado de bachiller para un trabajo que nunca conseguí y Joel que, entretenido, se despide de alguien, nunca supe de quién, tropieza francamente conmigo, bajo aquel farol parpadeante. Derrama mis libros. Perdona. Los recoge. En el intento deja caer una bata de médico que no deja que yo recoja. Mi mujer me saca de mis ensueños. Ahí tienes tu carro sano y salvo, sin un arañazo, me dice.
XV
De un tiempo a acá estoy actuando como uno de ellos, sin previa orden de Joel, al calificar de “ingenierito de mierda” a Miguel. ¡Qué gracioso! Miguel también se llama mi mejor amigo en la otra dimensión y ese Miguel sí que no es nada maricón.
15
Y heme aquí. En este salón de reuniones. Sentado entre dos mamás. Una pasada de edad para serlo, la otra, ¡coño, qué buena está! Y me quedo pasmado con mi piropo mental. Un piropo salido del alma. Nada que de compromiso, como lo hacía en la secundaria. Por cumplir. Yo, ¿quién lo diría? En una reunión de padre. Y cuando termina -han hablado muy bien de mis muchachos- entablo conversación con la atractiva mamá y qué casualidad, su niña está en la misma aula que José Raúl, el menor de mis hijos.
XVI
Ahora resulta que tengo un nuevo pasado y a Joel me lo encontré en una esquina con 19 años. A ver, ¿qué hacía yo a esa edad cuando vivía del otro lado de la puerta? Hay cosas que no recuerdo. Pero como si a mí me lo contaran, Joel vuelve a lanzar fuego en la mirada, me relatan que unos días después de nuestro segundo encuentro me dejaba seducir y lo besaba sin inhibiciones y apasionadamente, casi en público en una esquina oscura de la ciudad.
16
Neysi se ha ido con los niños para casa de su madre. Sabe que no resisto a la vieja. Mi papel de hombrecito-padre-de-familia no me ha ido nada mal, hasta cedí a los encantos de la buenota de la reunión de padres y hemos tenido un romance que ya yo enfrié. No quería líos en caso de que la cosa trascendiera. Al fin y al cabo, estoy prestao de este lado del mundo y no quisiera despedirme con resentimientos o una buena patada por el trasero. En fin que vuelvo a hacer un nuevo intento a ver si consigo dar con la puerta mágica que me lleve a mi lugar de origen.
XVII
Me entero de cosas para mí extraordinarias. Cosas que hubieran sido simplemente asombrosas si yo no tomara parte en ella. ¿Que yo un día en un visible ataque de celos casi me fajara a los piñazos con un tipo, por Joel? No, no, no. No lo creo. Neysi se mearía de la risa si se lo contaran. Nada menos que yo ¿tan macho? aunque ahora me acuesto con otro y me gusta lo que me hace y viceversa.
17
El día que conocí a Joel y de nuestro encontronazo, caminamos unos pasos juntos. Luego nuestros pasos y vidas se bifurcaron, pero siempre deseé reeditar el encuentro con aquel estudiante de medicina en su recta final. Médico todavía no era. Científico, un sueño lejos de alcanzar. Y el deseo se me dio. Mis santos siempre son muy benévolos conmigo. Habían pasado dos años. Estaba yo en casa de mi difunto amigo Eliécer cuando reapareció. Fue él quien me reconoció. Yo a ti te conozco, me dijo. Y me miró con mirada cautivadora. ¡Dios mío! ¿Cómo no pude darme cuenta entonces de sus ojos azules oscuros, intensos y profundos? Le eché la culpa a aquel farol parpadeante. Finjo no acordarme de él. No sabía qué vínculo tenía con mi amigo y su familia. Sí, tropecé contigo, sigue diciendo sin que nadie lo interrumpa. Hará de eso unos dos años. Tengo memoria de elefante. Entonces Eliécer, tan superficial, lo presenta con bombos y platillos: mi primo, un destacado investigador. Joelito va a llegar lejos. A Joel no le había importado para nada la presentación, hasta apuesto que ni la oyó: él seguía desafiándome con su mirada cautivadora que interfería con la mía, algo tímida. Esta vez fueron los muchachos, insistían en ir a tomar helado, los que abortaron mi intento.
XVIII
No dejan esos hombres de asombrarme. Tener un tipo como ése, y el joven gay que habla evidentemente me envidia, es como tener a Dios cogido por la barba. Lo tiene todo resuelto: casa, comida, la mejor de las ropa y…sexo de primera. ¿Qué más puede pedirle a la vida? No saben que cambio todo eso que me envidian por mi mujer y mis hijos. Por volver a ser el macho que siempre he sido. Hasta les regalaría los derechos de autor de mi libro.
18
En algo se asemejan Neysi y Joel: en ser hijos de la temeridad. Ella me lo recuerda porque, por supuesto, yo no me acuerdo, que siendo novios me arrastraba a los más imprudentes peligros. Sonríe. No se cansa de fijar en mi memoria la noche en que nos sorprendieron haciendo el amor bajo una escalera de un edificio. Tuvimos que echar a correr en distintas direcciones para que no supieran a quién perseguir. Y yo que no podía guardarme el rabo de lo tieso que lo tenía. Cuando le cuente estas historias a Joel, no me las va a creer.
XIX
Me sumerjo en sus ojos. Hoy son un lago oscuro apacible. Nado en ellos. Con sus manos me atrae hacia su cuerpo deseado. Me he olvidado de Neysi y los niños. Sólo quiero estar en sus brazos.
19
Siento un cosquilleo psicológico. No quiero hacerme falsas ilusiones. Neysi ya se desnuda para meterse en la cama. Levanto la sábana y me miro el rabo. ¡Hum! El tipo está listo para la pelea. No sé explicarme estas transfiguraciones mías. El caso que me siento todo un macho. Hoy no quiero plegarme a sus deseos. Neysi me plegará a los míos y empiezo por besarle sus pies tan sensuales.
XX
No sueño. Ahí está la puerta. La que me trajo aquí. La que devolverá a casa. Desde la cama, acostado, trato de asir el picaporte. No lo consigo. ¡Qué agonía! A mi lado, Joel. Con sus ojos azules intensos, profundos. Me sonríe. ¿Burlonamente? No. Lo miro, mientras tanto, no cejo en mi intento de alcanzar el picaporte. Esfuerzo máximo. Nada. Joel, ¿no me dejas ir?, le pregunto con la mirada. Sin respuesta. Me duermo. No sé por cuanto tiempo. Ahora sí debo estar soñando. Trataré no despertar. Me queman los labios la mirada azul oscura y profunda de Joel y la puerta vuelve a acercarse. Tanto que tengo asido el picaporte. Giro. Despiértate, Alberto. Me sacuden. Abro los ojos. Tú siempre con tus pesadillas, me dice mi mujer, y tengo miedo volverme, que todo sea mentira.
20
Exhausto, termino rendido en la cama. Mi mujer, porque ahora es mía, no se queda atrás. Si se me acercó la puerta, no lo recuerdo, si la abrí y conseguí volver a mi futurista apartamento con Joel, tampoco. Sólo sé que despierto sobre un pecho ancho cuyos copiosos vellos rozan mis labios temblorosos de felicidad.
Epílogo
¡Qué calor! ¡Ni que fuera agosto! Para algunos, la forma más simple y barata de atacar un tiempo tan estival en La Habana en un paseo a pie por su malecón, a ver si corre un poco de brisa marina.
Los dos muchachos corretean. Los padres, Neysi y Alberto, piden a los niños tener cuidado, que pueden tropezar. Y tropiezan con dos hombres que no logran esquivarlos. Van casi tomados de la mano. ¡Este país va camino a la perdición! Discúlpenlos, pide Neysi cuando se cruzan con los hombres. Joel, con un ademán asegura a la mujer que no ha sido nada. Mientras tanto, los dos Albertos, ahora en caminos opuestos entrecruzan imperceptiblemente miradas de complicidad y sonríen. Neysi, su marido y los niños se alejan hacia La Punta. Quizás allí se tenga mejor suerte. Joel y su amigo Alberto pretenden ir a refrescar al Nacional.
Nada, ni una cabrona gota de aire fresco en toda esta ciudad.
Vatel
miércoles, 21 de enero de 2009
La Puerta
I
Yo era un hombre feliz. Tenía mujer e hijos. Crucé esa puerta. Y ahora, ¿qué hago yo acostado al lado de este hombre extremadamente bello, hay que reconocerlo, de ojos azules oscuros, muy intensos, que me queman la piel; y desnudo?
1
Esta mujer acostada a mi lado, ¿quién es? Una puerta. Como de ésas que uno ve y quiere traspasar para conocer qué hay del otro lado. Y luego se arrepiente de la curiosidad.
II
Me levanto con parsimonia. Él, el Hombre, me mira. Tiene cubierta sus partes. Su torso sigue desnudo. Antes de intentar abrir la puerta vuelvo a mirarlo. Él me devuelve la mirada. Me lanza un fuego invisible en el hombro izquierdo. No espero más. Le doy la espalda. Giro el picaporte. La puerta no cede.
2
Finjo dormir. No quiero molestar. Al menos, hasta que consiga saber dónde estoy. Y lo peor: quién soy. Pero ella interrumpe mi fingido sueño. Despiértate, viejo, se te hace tarde para el trabajo. Y además tengo que dejar primero los niños en la escuela. ¿Mis hijos?
III
La atemporalidad es terrible. Me he quedado como una imagen congelada; tratando de abrir la puerta. No sé qué tiempo llevo así. Puede que minutos, horas, días, meses años y ¿hasta siglos?
3
Estoy estupefacto. La mujer ¿la mía? se ha levantado. Sale del cuarto. Supongo que al baño. No me equivoco. Regresa. Pero, ¿todavía en la cama? Me destapa y me descubre en cueros. ¡Descarado! Me dice en broma. Me masajea los güevos. Pero no hay tiempo para eso ahora.
IV
Regreso abatido a la cama, me siento en su borde. ¿Dónde estoy? Pienso en mi familia.
4
Heme aquí con dos hijos y un Lada bien cuidado. Yo al volante. Nunca aprendí a manejar. Una intuición sacada de no sé dónde me guía. Dejo a los muchachos, son dos varones, en la escuela. Y ahora, ¿qué hago? ¿Dónde trabajo?
V
Me he vuelto a acostar. Necesito pensar. Buscar una lógica a todo esto que me está sucediendo. El Hombre se levanta, desnudo. De verdad que es bello. Netamente proporcional. Se sirve una tasa de café. Me brinda una a mí. Lo necesito.
5
Vuelvo a la casa. No sé por qué no fui a buscar a los niños. Soy director de una empresa. La intuición, paso a paso, me va dictando esta nueva vida.
VI
No dejo de pensar en Neysi y los niños. Deben estar preocupados por mi tardanza. El Hombre, no me atrevo a preguntarle el nombre, me vuelve a quemar con su mirada. Es su forma de llamar mi atención. Esto es como estar en una novelita de ciencia ficción, género que detesto.
6
Hemos acostado a los niños. Vamos a acostarnos, me dice. Va al baño. Yo haré lo mismo cuando ella termine. Cuando termino, regreso a la habitación. Desearía que la tierra me tragara. Abro la puerta y no la veo en la cama. ¿Dónde se ha metido? Miro alrededor y no la encuentra. Me meto en la cama. Y como un ave fénix se corporiza. ¿Cómo es posible? No hay tiempo para respuestas. Ella está parada frente a mí. Desnuda.
VII
De nuevo desnudo. No me lo creo, porque Él me lo ha pedido. En la habitación, espaciosa, sólo hay la cama ancha donde yacemos, y una silla donde está mi ropa. La misma que llevaba puesta cuando desaparecí.
7
Mantiene unos senos erectos. A pesar de sus treinta y tantos años. Un vientre todavía bastante plano y un bosque ennegrecido que le cubre el pubis.
VIII
¡Malditas las tetillas desarrolladas que tengo! Se entretiene acariciándomelas tiernamente con las yemas de sus manos. Luego con su lengua.
8
Me siento usado. No consigo explicarme cómo lo logró. Consiguió en mí una de las mejores erecciones que haya tenido en mi vida. Dura y persistente. Sólo recuerdo un acto de succión lenta, tibia; me acordé del 13 y la broma que con ese número se hace. Tú abajo, me dijo, Yo, arriba. Y se me montó encima como una excelente amazona. Y aquellos gritos. Y yo, que los niños pueden despertarse. Pero a ella no le importaba. Acariciaba mis tetillas (lo que más me excitaba). ¡Dámela! Acaté su orden profusamente. Sentí que me vaciaba. Lo lindo: juro que nunca antes me había acostado con una mujer.
IX
Incómodamente levanta el brazo y mira el reloj que lleva el la muñeca. Con cuidado, como si temiera dañarme, aparta suavemente mi cabeza de su pecho. No me explico cómo habrá ido a parar allí. ¡Levántate! Me ordena. Se nos hace tarde. Andrés…, dice. ¿Y quién es Andrés? No conozco a ningún Andrés. Me pide que me apure, que me vista. Y entonces, empotrado aparece un closet en la pared. Allí encuentro ropa cara, de la mejor calidad, de marca, como le gusta decir a la gente. Escojo. Un traje azul oscuro. El Hombre elogia mi gusto al vestir. Suena un claxon. Ahí debe estar Andrés.
9
¡Dios mío! ¿Dónde empieza mi vida anterior con esta mujer que descansa a mi lado luego de ese orgasmo tan bien disfrutado? Joel, ¿dónde estás tú, Joel? ¡Sácame de este embrollo! Sólo tengo que acordarme de mi dirección anterior y estaré salvado. Recuerdo que mi casa está al oeste de la ciudad, en el apartamento de Joel, un renombrado científico de este país. Mañana, en vez de irme directamente al trabajo, me voy corriendo a mi casa.
X
Son once hombres. Todos debidamente elegantes. Nunca he alternado con este tipo de hombres. Al menos que recuerde. En la situación en la que me encuentro todo puede ser posible. ¡Joel, estás regio!, dice uno de los presentes. Joel. Al fin podré llamar por su nombre al Hombre responsable de esta dimensión en la que me encuentro. Lo miro. Me proyecta otra de sus miradas. Reconozco, sin saber cómo, a la mayoría de aquellos hombres afectados. Joel se me acerca, a centímetros de distancia. Pasa levemente la yema de su dedo por la superficie de mi pronunciado labio inferior. ¡Ánimo!, me pide. Y me miro en sus ojos azules oscuros, profundo. Me doblega amorosamente.
10
Pero no existe la casa. Ni el laboratorio donde trabaja Joel. Me lo aseguran todos aquellos a los que pregunto. Y ahora, ¿Qué me hago? Neysi puede darse cuentas de que no soy quien ella cree. ¡Y qué decir de los niños!
XI
No conozco sus vidas. Hay un poco de todo. Melindrosos, presuntuosos, extravagantes, pero también tipos muy agradables, de un humor hilarante que me divierte. Los hay que se integran por primera vez al grupo y se acercan a Joel y a mí, a presentarse.
11
Nadie se da cuenta de que no soy quien ellos creen. Sigo llamándome Alberto; al menos conservo mi nombre de antaño. Padre de dos niños muy inteligentes y marido de una mujer que linda la ninfomanía. Bueno, así lo creo yo. Desconozco la opinión del “otro.”
XII
Joel es un eminente científico, ganador de numerosos galardones. Reconocido dentro y fuera del país. Respectado por su talento. ¿Y Andrés? ¿Otro científico? No. Un joven –Joel y yo por las edad podemos ser su padre–, también reconocido y respetado por su talento, pero perteneciente al mundo del arte. Un pintor que según la crítica, y Joel, promete y de quien se hablará mucho.
12
Estoy resignado. Sigo dejando que mi mujer se me monte encima todas las noches y saque de mí una virilidad y potencia sexual desconocidas. Llevo los niños a la escuela por las mañanas. Me comporto, por intuición, como un excelente director de empresa. Y el ciclo se repite.
XIII
Los hay adictos a la gula, uno o dos. Otros juegan canasta. Los menos distinguidos, al dominó. Ahí encajaría yo si estuviera en otras circunstancias. Nadie habla de sexo.
13
Neysi sabe manejar, pero Alberto, no yo, el otro, prohíbe le toquen el Lada ni con el pétalo de una rosa. Por eso mi mujer se queda asombrada cuando le extiendo las lleves del auto y le digo lleve ella a los niños al parque de diversiones, que no me siento con ganas. Me toca la frente, debo tener fiebre y yo que no, que no estoy jugando, ¿no tiene ella acaso licencia? Y, sin poder comprender, arranca el auto y se van.
XIV
Y yo, ¿quién soy en esta historia? Prefiero mi rutinario puesto de director de empresa “de antes,” a Neysi y los muchachos. Vuelvo a sentir el corrientazo de fuego en mis espaldas: un nuevo conocimiento se me va a develar. Se me acerca Miguel, uno de esos afectados, y me pregunta cómo va mi libro. Entonces, ¿soy escritor? No de muy alto vuelo, más bien mediocre. Pero Joel, con sus influencias, ha logrado que un editor mexicano, me editara unos cuentos de mala muerte. “Bien” es la monosilábica respuesta que le doy al tal Miguel, un ingenierito de mierda y deseoso de ocupar mi lugar en la cama de Joel.
14
Me acuesto con la esperanza de volver a encontrar la puerta y regresar al otro lado, al mío. Seguro que allí estará Joel, esperándome. Cierro bien los ojos y lo veo. Yo, en aquella esquina a las once de la noche; había salido de la escuela nocturna, necesitaba mi grado de bachiller para un trabajo que nunca conseguí y Joel que, entretenido, se despide de alguien, nunca supe de quién, tropieza francamente conmigo, bajo aquel farol parpadeante. Derrama mis libros. Perdona. Los recoge. En el intento deja caer una bata de médico que no deja que yo recoja. Mi mujer me saca de mis ensueños. Ahí tienes tu carro sano y salvo, sin un arañazo, me dice.
XV
De un tiempo a acá estoy actuando como uno de ellos, sin previa orden de Joel, al calificar de “ingenierito de mierda” a Miguel. ¡Qué gracioso! Miguel también se llama mi mejor amigo en la otra dimensión y ese Miguel sí que no es nada maricón.
15
Y heme aquí. En este salón de reuniones. Sentado entre dos mamás. Una pasada de edad para serlo, la otra, ¡coño, qué buena está! Y me quedo pasmado con mi piropo mental. Un piropo salido del alma. Nada que de compromiso, como lo hacía en la secundaria. Por cumplir. Yo, ¿quién lo diría? En una reunión de padre. Y cuando termina -han hablado muy bien de mis muchachos- entablo conversación con la atractiva mamá y qué casualidad, su niña está en la misma aula que José Raúl, el menor de mis hijos.
XVI
Ahora resulta que tengo un nuevo pasado y a Joel me lo encontré en una esquina con 19 años. A ver, ¿qué hacía yo a esa edad cuando vivía del otro lado de la puerta? Hay cosas que no recuerdo. Pero como si a mí me lo contaran, Joel vuelve a lanzar fuego en la mirada, me relatan que unos días después de nuestro segundo encuentro me dejaba seducir y lo besaba sin inhibiciones y apasionadamente, casi en público en una esquina oscura de la ciudad.
16
Neysi se ha ido con los niños para casa de su madre. Sabe que no resisto a la vieja. Mi papel de hombrecito-padre-de-familia no me ha ido nada mal, hasta cedí a los encantos de la buenota de la reunión de padres y hemos tenido un romance que ya yo enfrié. No quería líos en caso de que la cosa trascendiera. Al fin y al cabo, estoy prestao de este lado del mundo y no quisiera despedirme con resentimientos o una buena patada por el trasero. En fin que vuelvo a hacer un nuevo intento a ver si consigo dar con la puerta mágica que me lleve a mi lugar de origen.
XVII
Me entero de cosas para mí extraordinarias. Cosas que hubieran sido simplemente asombrosas si yo no tomara parte en ella. ¿Que yo un día en un visible ataque de celos casi me fajara a los piñazos con un tipo, por Joel? No, no, no. No lo creo. Neysi se mearía de la risa si se lo contaran. Nada menos que yo ¿tan macho? aunque ahora me acuesto con otro y me gusta lo que me hace y viceversa.
17
El día que conocí a Joel y de nuestro encontronazo, caminamos unos pasos juntos. Luego nuestros pasos y vidas se bifurcaron, pero siempre deseé reeditar el encuentro con aquel estudiante de medicina en su recta final. Médico todavía no era. Científico, un sueño lejos de alcanzar. Y el deseo se me dio. Mis santos siempre son muy benévolos conmigo. Habían pasado dos años. Estaba yo en casa de mi difunto amigo Eliécer cuando reapareció. Fue él quien me reconoció. Yo a ti te conozco, me dijo. Y me miró con mirada cautivadora. ¡Dios mío! ¿Cómo no pude darme cuenta entonces de sus ojos azules oscuros, intensos y profundos? Le eché la culpa a aquel farol parpadeante. Finjo no acordarme de él. No sabía qué vínculo tenía con mi amigo y su familia. Sí, tropecé contigo, sigue diciendo sin que nadie lo interrumpa. Hará de eso unos dos años. Tengo memoria de elefante. Entonces Eliécer, tan superficial, lo presenta con bombos y platillos: mi primo, un destacado investigador. Joelito va a llegar lejos. A Joel no le había importado para nada la presentación, hasta apuesto que ni la oyó: él seguía desafiándome con su mirada cautivadora que interfería con la mía, algo tímida. Esta vez fueron los muchachos, insistían en ir a tomar helado, los que abortaron mi intento.
XVIII
No dejan esos hombres de asombrarme. Tener un tipo como ése, y el joven gay que habla evidentemente me envidia, es como tener a Dios cogido por la barba. Lo tiene todo resuelto: casa, comida, la mejor de las ropa y…sexo de primera. ¿Qué más puede pedirle a la vida? No saben que cambio todo eso que me envidian por mi mujer y mis hijos. Por volver a ser el macho que siempre he sido. Hasta les regalaría los derechos de autor de mi libro.
18
En algo se asemejan Neysi y Joel: en ser hijos de la temeridad. Ella me lo recuerda porque, por supuesto, yo no me acuerdo, que siendo novios me arrastraba a los más imprudentes peligros. Sonríe. No se cansa de fijar en mi memoria la noche en que nos sorprendieron haciendo el amor bajo una escalera de un edificio. Tuvimos que echar a correr en distintas direcciones para que no supieran a quién perseguir. Y yo que no podía guardarme el rabo de lo tieso que lo tenía. Cuando le cuente estas historias a Joel, no me las va a creer.
XIX
Me sumerjo en sus ojos. Hoy son un lago oscuro apacible. Nado en ellos. Con sus manos me atrae hacia su cuerpo deseado. Me he olvidado de Neysi y los niños. Sólo quiero estar en sus brazos.
19
Siento un cosquilleo psicológico. No quiero hacerme falsas ilusiones. Neysi ya se desnuda para meterse en la cama. Levanto la sábana y me miro el rabo. ¡Hum! El tipo está listo para la pelea. No sé explicarme estas transfiguraciones mías. El caso que me siento todo un macho. Hoy no quiero plegarme a sus deseos. Neysi me plegará a los míos y empiezo por besarle sus pies tan sensuales.
XX
No sueño. Ahí está la puerta. La que me trajo aquí. La que devolverá a casa. Desde la cama, acostado, trato de asir el picaporte. No lo consigo. ¡Qué agonía! A mi lado, Joel. Con sus ojos azules intensos, profundos. Me sonríe. ¿Burlonamente? No. Lo miro, mientras tanto, no cejo en mi intento de alcanzar el picaporte. Esfuerzo máximo. Nada. Joel, ¿no me dejas ir?, le pregunto con la mirada. Sin respuesta. Me duermo. No sé por cuanto tiempo. Ahora sí debo estar soñando. Trataré no despertar. Me queman los labios la mirada azul oscura y profunda de Joel y la puerta vuelve a acercarse. Tanto que tengo asido el picaporte. Giro. Despiértate, Alberto. Me sacuden. Abro los ojos. Tú siempre con tus pesadillas, me dice mi mujer, y tengo miedo volverme, que todo sea mentira.
20
Exhausto, termino rendido en la cama. Mi mujer, porque ahora es mía, no se queda atrás. Si se me acercó la puerta, no lo recuerdo, si la abrí y conseguí volver a mi futurista apartamento con Joel, tampoco. Sólo sé que despierto sobre un pecho ancho cuyos copiosos vellos rozan mis labios temblorosos de felicidad.
Epílogo
¡Qué calor! ¡Ni que fuera agosto! Para algunos, la forma más simple y barata de atacar un tiempo tan estival en La Habana en un paseo a pie por su malecón, a ver si corre un poco de brisa marina.
Los dos muchachos corretean. Los padres, Neysi y Alberto, piden a los niños tener cuidado, que pueden tropezar. Y tropiezan con dos hombres que no logran esquivarlos. Van casi tomados de la mano. ¡Este país va camino a la perdición! Discúlpenlos, pide Neysi cuando se cruzan con los hombres. Joel, con un ademán asegura a la mujer que no ha sido nada. Mientras tanto, los dos Albertos, ahora en caminos opuestos entrecruzan imperceptiblemente miradas de complicidad y sonríen. Neysi, su marido y los niños se alejan hacia La Punta. Quizás allí se tenga mejor suerte. Joel y su amigo Alberto pretenden ir a refrescar al Nacional.
Nada, ni una cabrona gota de aire fresco en toda esta ciudad.
Vatel
Yo era un hombre feliz. Tenía mujer e hijos. Crucé esa puerta. Y ahora, ¿qué hago yo acostado al lado de este hombre extremadamente bello, hay que reconocerlo, de ojos azules oscuros, muy intensos, que me queman la piel; y desnudo?
1
Esta mujer acostada a mi lado, ¿quién es? Una puerta. Como de ésas que uno ve y quiere traspasar para conocer qué hay del otro lado. Y luego se arrepiente de la curiosidad.
II
Me levanto con parsimonia. Él, el Hombre, me mira. Tiene cubierta sus partes. Su torso sigue desnudo. Antes de intentar abrir la puerta vuelvo a mirarlo. Él me devuelve la mirada. Me lanza un fuego invisible en el hombro izquierdo. No espero más. Le doy la espalda. Giro el picaporte. La puerta no cede.
2
Finjo dormir. No quiero molestar. Al menos, hasta que consiga saber dónde estoy. Y lo peor: quién soy. Pero ella interrumpe mi fingido sueño. Despiértate, viejo, se te hace tarde para el trabajo. Y además tengo que dejar primero los niños en la escuela. ¿Mis hijos?
III
La atemporalidad es terrible. Me he quedado como una imagen congelada; tratando de abrir la puerta. No sé qué tiempo llevo así. Puede que minutos, horas, días, meses años y ¿hasta siglos?
3
Estoy estupefacto. La mujer ¿la mía? se ha levantado. Sale del cuarto. Supongo que al baño. No me equivoco. Regresa. Pero, ¿todavía en la cama? Me destapa y me descubre en cueros. ¡Descarado! Me dice en broma. Me masajea los güevos. Pero no hay tiempo para eso ahora.
IV
Regreso abatido a la cama, me siento en su borde. ¿Dónde estoy? Pienso en mi familia.
4
Heme aquí con dos hijos y un Lada bien cuidado. Yo al volante. Nunca aprendí a manejar. Una intuición sacada de no sé dónde me guía. Dejo a los muchachos, son dos varones, en la escuela. Y ahora, ¿qué hago? ¿Dónde trabajo?
V
Me he vuelto a acostar. Necesito pensar. Buscar una lógica a todo esto que me está sucediendo. El Hombre se levanta, desnudo. De verdad que es bello. Netamente proporcional. Se sirve una tasa de café. Me brinda una a mí. Lo necesito.
5
Vuelvo a la casa. No sé por qué no fui a buscar a los niños. Soy director de una empresa. La intuición, paso a paso, me va dictando esta nueva vida.
VI
No dejo de pensar en Neysi y los niños. Deben estar preocupados por mi tardanza. El Hombre, no me atrevo a preguntarle el nombre, me vuelve a quemar con su mirada. Es su forma de llamar mi atención. Esto es como estar en una novelita de ciencia ficción, género que detesto.
6
Hemos acostado a los niños. Vamos a acostarnos, me dice. Va al baño. Yo haré lo mismo cuando ella termine. Cuando termino, regreso a la habitación. Desearía que la tierra me tragara. Abro la puerta y no la veo en la cama. ¿Dónde se ha metido? Miro alrededor y no la encuentra. Me meto en la cama. Y como un ave fénix se corporiza. ¿Cómo es posible? No hay tiempo para respuestas. Ella está parada frente a mí. Desnuda.
VII
De nuevo desnudo. No me lo creo, porque Él me lo ha pedido. En la habitación, espaciosa, sólo hay la cama ancha donde yacemos, y una silla donde está mi ropa. La misma que llevaba puesta cuando desaparecí.
7
Mantiene unos senos erectos. A pesar de sus treinta y tantos años. Un vientre todavía bastante plano y un bosque ennegrecido que le cubre el pubis.
VIII
¡Malditas las tetillas desarrolladas que tengo! Se entretiene acariciándomelas tiernamente con las yemas de sus manos. Luego con su lengua.
8
Me siento usado. No consigo explicarme cómo lo logró. Consiguió en mí una de las mejores erecciones que haya tenido en mi vida. Dura y persistente. Sólo recuerdo un acto de succión lenta, tibia; me acordé del 13 y la broma que con ese número se hace. Tú abajo, me dijo, Yo, arriba. Y se me montó encima como una excelente amazona. Y aquellos gritos. Y yo, que los niños pueden despertarse. Pero a ella no le importaba. Acariciaba mis tetillas (lo que más me excitaba). ¡Dámela! Acaté su orden profusamente. Sentí que me vaciaba. Lo lindo: juro que nunca antes me había acostado con una mujer.
IX
Incómodamente levanta el brazo y mira el reloj que lleva el la muñeca. Con cuidado, como si temiera dañarme, aparta suavemente mi cabeza de su pecho. No me explico cómo habrá ido a parar allí. ¡Levántate! Me ordena. Se nos hace tarde. Andrés…, dice. ¿Y quién es Andrés? No conozco a ningún Andrés. Me pide que me apure, que me vista. Y entonces, empotrado aparece un closet en la pared. Allí encuentro ropa cara, de la mejor calidad, de marca, como le gusta decir a la gente. Escojo. Un traje azul oscuro. El Hombre elogia mi gusto al vestir. Suena un claxon. Ahí debe estar Andrés.
9
¡Dios mío! ¿Dónde empieza mi vida anterior con esta mujer que descansa a mi lado luego de ese orgasmo tan bien disfrutado? Joel, ¿dónde estás tú, Joel? ¡Sácame de este embrollo! Sólo tengo que acordarme de mi dirección anterior y estaré salvado. Recuerdo que mi casa está al oeste de la ciudad, en el apartamento de Joel, un renombrado científico de este país. Mañana, en vez de irme directamente al trabajo, me voy corriendo a mi casa.
X
Son once hombres. Todos debidamente elegantes. Nunca he alternado con este tipo de hombres. Al menos que recuerde. En la situación en la que me encuentro todo puede ser posible. ¡Joel, estás regio!, dice uno de los presentes. Joel. Al fin podré llamar por su nombre al Hombre responsable de esta dimensión en la que me encuentro. Lo miro. Me proyecta otra de sus miradas. Reconozco, sin saber cómo, a la mayoría de aquellos hombres afectados. Joel se me acerca, a centímetros de distancia. Pasa levemente la yema de su dedo por la superficie de mi pronunciado labio inferior. ¡Ánimo!, me pide. Y me miro en sus ojos azules oscuros, profundo. Me doblega amorosamente.
10
Pero no existe la casa. Ni el laboratorio donde trabaja Joel. Me lo aseguran todos aquellos a los que pregunto. Y ahora, ¿Qué me hago? Neysi puede darse cuentas de que no soy quien ella cree. ¡Y qué decir de los niños!
XI
No conozco sus vidas. Hay un poco de todo. Melindrosos, presuntuosos, extravagantes, pero también tipos muy agradables, de un humor hilarante que me divierte. Los hay que se integran por primera vez al grupo y se acercan a Joel y a mí, a presentarse.
11
Nadie se da cuenta de que no soy quien ellos creen. Sigo llamándome Alberto; al menos conservo mi nombre de antaño. Padre de dos niños muy inteligentes y marido de una mujer que linda la ninfomanía. Bueno, así lo creo yo. Desconozco la opinión del “otro.”
XII
Joel es un eminente científico, ganador de numerosos galardones. Reconocido dentro y fuera del país. Respectado por su talento. ¿Y Andrés? ¿Otro científico? No. Un joven –Joel y yo por las edad podemos ser su padre–, también reconocido y respetado por su talento, pero perteneciente al mundo del arte. Un pintor que según la crítica, y Joel, promete y de quien se hablará mucho.
12
Estoy resignado. Sigo dejando que mi mujer se me monte encima todas las noches y saque de mí una virilidad y potencia sexual desconocidas. Llevo los niños a la escuela por las mañanas. Me comporto, por intuición, como un excelente director de empresa. Y el ciclo se repite.
XIII
Los hay adictos a la gula, uno o dos. Otros juegan canasta. Los menos distinguidos, al dominó. Ahí encajaría yo si estuviera en otras circunstancias. Nadie habla de sexo.
13
Neysi sabe manejar, pero Alberto, no yo, el otro, prohíbe le toquen el Lada ni con el pétalo de una rosa. Por eso mi mujer se queda asombrada cuando le extiendo las lleves del auto y le digo lleve ella a los niños al parque de diversiones, que no me siento con ganas. Me toca la frente, debo tener fiebre y yo que no, que no estoy jugando, ¿no tiene ella acaso licencia? Y, sin poder comprender, arranca el auto y se van.
XIV
Y yo, ¿quién soy en esta historia? Prefiero mi rutinario puesto de director de empresa “de antes,” a Neysi y los muchachos. Vuelvo a sentir el corrientazo de fuego en mis espaldas: un nuevo conocimiento se me va a develar. Se me acerca Miguel, uno de esos afectados, y me pregunta cómo va mi libro. Entonces, ¿soy escritor? No de muy alto vuelo, más bien mediocre. Pero Joel, con sus influencias, ha logrado que un editor mexicano, me editara unos cuentos de mala muerte. “Bien” es la monosilábica respuesta que le doy al tal Miguel, un ingenierito de mierda y deseoso de ocupar mi lugar en la cama de Joel.
14
Me acuesto con la esperanza de volver a encontrar la puerta y regresar al otro lado, al mío. Seguro que allí estará Joel, esperándome. Cierro bien los ojos y lo veo. Yo, en aquella esquina a las once de la noche; había salido de la escuela nocturna, necesitaba mi grado de bachiller para un trabajo que nunca conseguí y Joel que, entretenido, se despide de alguien, nunca supe de quién, tropieza francamente conmigo, bajo aquel farol parpadeante. Derrama mis libros. Perdona. Los recoge. En el intento deja caer una bata de médico que no deja que yo recoja. Mi mujer me saca de mis ensueños. Ahí tienes tu carro sano y salvo, sin un arañazo, me dice.
XV
De un tiempo a acá estoy actuando como uno de ellos, sin previa orden de Joel, al calificar de “ingenierito de mierda” a Miguel. ¡Qué gracioso! Miguel también se llama mi mejor amigo en la otra dimensión y ese Miguel sí que no es nada maricón.
15
Y heme aquí. En este salón de reuniones. Sentado entre dos mamás. Una pasada de edad para serlo, la otra, ¡coño, qué buena está! Y me quedo pasmado con mi piropo mental. Un piropo salido del alma. Nada que de compromiso, como lo hacía en la secundaria. Por cumplir. Yo, ¿quién lo diría? En una reunión de padre. Y cuando termina -han hablado muy bien de mis muchachos- entablo conversación con la atractiva mamá y qué casualidad, su niña está en la misma aula que José Raúl, el menor de mis hijos.
XVI
Ahora resulta que tengo un nuevo pasado y a Joel me lo encontré en una esquina con 19 años. A ver, ¿qué hacía yo a esa edad cuando vivía del otro lado de la puerta? Hay cosas que no recuerdo. Pero como si a mí me lo contaran, Joel vuelve a lanzar fuego en la mirada, me relatan que unos días después de nuestro segundo encuentro me dejaba seducir y lo besaba sin inhibiciones y apasionadamente, casi en público en una esquina oscura de la ciudad.
16
Neysi se ha ido con los niños para casa de su madre. Sabe que no resisto a la vieja. Mi papel de hombrecito-padre-de-familia no me ha ido nada mal, hasta cedí a los encantos de la buenota de la reunión de padres y hemos tenido un romance que ya yo enfrié. No quería líos en caso de que la cosa trascendiera. Al fin y al cabo, estoy prestao de este lado del mundo y no quisiera despedirme con resentimientos o una buena patada por el trasero. En fin que vuelvo a hacer un nuevo intento a ver si consigo dar con la puerta mágica que me lleve a mi lugar de origen.
XVII
Me entero de cosas para mí extraordinarias. Cosas que hubieran sido simplemente asombrosas si yo no tomara parte en ella. ¿Que yo un día en un visible ataque de celos casi me fajara a los piñazos con un tipo, por Joel? No, no, no. No lo creo. Neysi se mearía de la risa si se lo contaran. Nada menos que yo ¿tan macho? aunque ahora me acuesto con otro y me gusta lo que me hace y viceversa.
17
El día que conocí a Joel y de nuestro encontronazo, caminamos unos pasos juntos. Luego nuestros pasos y vidas se bifurcaron, pero siempre deseé reeditar el encuentro con aquel estudiante de medicina en su recta final. Médico todavía no era. Científico, un sueño lejos de alcanzar. Y el deseo se me dio. Mis santos siempre son muy benévolos conmigo. Habían pasado dos años. Estaba yo en casa de mi difunto amigo Eliécer cuando reapareció. Fue él quien me reconoció. Yo a ti te conozco, me dijo. Y me miró con mirada cautivadora. ¡Dios mío! ¿Cómo no pude darme cuenta entonces de sus ojos azules oscuros, intensos y profundos? Le eché la culpa a aquel farol parpadeante. Finjo no acordarme de él. No sabía qué vínculo tenía con mi amigo y su familia. Sí, tropecé contigo, sigue diciendo sin que nadie lo interrumpa. Hará de eso unos dos años. Tengo memoria de elefante. Entonces Eliécer, tan superficial, lo presenta con bombos y platillos: mi primo, un destacado investigador. Joelito va a llegar lejos. A Joel no le había importado para nada la presentación, hasta apuesto que ni la oyó: él seguía desafiándome con su mirada cautivadora que interfería con la mía, algo tímida. Esta vez fueron los muchachos, insistían en ir a tomar helado, los que abortaron mi intento.
XVIII
No dejan esos hombres de asombrarme. Tener un tipo como ése, y el joven gay que habla evidentemente me envidia, es como tener a Dios cogido por la barba. Lo tiene todo resuelto: casa, comida, la mejor de las ropa y…sexo de primera. ¿Qué más puede pedirle a la vida? No saben que cambio todo eso que me envidian por mi mujer y mis hijos. Por volver a ser el macho que siempre he sido. Hasta les regalaría los derechos de autor de mi libro.
18
En algo se asemejan Neysi y Joel: en ser hijos de la temeridad. Ella me lo recuerda porque, por supuesto, yo no me acuerdo, que siendo novios me arrastraba a los más imprudentes peligros. Sonríe. No se cansa de fijar en mi memoria la noche en que nos sorprendieron haciendo el amor bajo una escalera de un edificio. Tuvimos que echar a correr en distintas direcciones para que no supieran a quién perseguir. Y yo que no podía guardarme el rabo de lo tieso que lo tenía. Cuando le cuente estas historias a Joel, no me las va a creer.
XIX
Me sumerjo en sus ojos. Hoy son un lago oscuro apacible. Nado en ellos. Con sus manos me atrae hacia su cuerpo deseado. Me he olvidado de Neysi y los niños. Sólo quiero estar en sus brazos.
19
Siento un cosquilleo psicológico. No quiero hacerme falsas ilusiones. Neysi ya se desnuda para meterse en la cama. Levanto la sábana y me miro el rabo. ¡Hum! El tipo está listo para la pelea. No sé explicarme estas transfiguraciones mías. El caso que me siento todo un macho. Hoy no quiero plegarme a sus deseos. Neysi me plegará a los míos y empiezo por besarle sus pies tan sensuales.
XX
No sueño. Ahí está la puerta. La que me trajo aquí. La que devolverá a casa. Desde la cama, acostado, trato de asir el picaporte. No lo consigo. ¡Qué agonía! A mi lado, Joel. Con sus ojos azules intensos, profundos. Me sonríe. ¿Burlonamente? No. Lo miro, mientras tanto, no cejo en mi intento de alcanzar el picaporte. Esfuerzo máximo. Nada. Joel, ¿no me dejas ir?, le pregunto con la mirada. Sin respuesta. Me duermo. No sé por cuanto tiempo. Ahora sí debo estar soñando. Trataré no despertar. Me queman los labios la mirada azul oscura y profunda de Joel y la puerta vuelve a acercarse. Tanto que tengo asido el picaporte. Giro. Despiértate, Alberto. Me sacuden. Abro los ojos. Tú siempre con tus pesadillas, me dice mi mujer, y tengo miedo volverme, que todo sea mentira.
20
Exhausto, termino rendido en la cama. Mi mujer, porque ahora es mía, no se queda atrás. Si se me acercó la puerta, no lo recuerdo, si la abrí y conseguí volver a mi futurista apartamento con Joel, tampoco. Sólo sé que despierto sobre un pecho ancho cuyos copiosos vellos rozan mis labios temblorosos de felicidad.
Epílogo
¡Qué calor! ¡Ni que fuera agosto! Para algunos, la forma más simple y barata de atacar un tiempo tan estival en La Habana en un paseo a pie por su malecón, a ver si corre un poco de brisa marina.
Los dos muchachos corretean. Los padres, Neysi y Alberto, piden a los niños tener cuidado, que pueden tropezar. Y tropiezan con dos hombres que no logran esquivarlos. Van casi tomados de la mano. ¡Este país va camino a la perdición! Discúlpenlos, pide Neysi cuando se cruzan con los hombres. Joel, con un ademán asegura a la mujer que no ha sido nada. Mientras tanto, los dos Albertos, ahora en caminos opuestos entrecruzan imperceptiblemente miradas de complicidad y sonríen. Neysi, su marido y los niños se alejan hacia La Punta. Quizás allí se tenga mejor suerte. Joel y su amigo Alberto pretenden ir a refrescar al Nacional.
Nada, ni una cabrona gota de aire fresco en toda esta ciudad.
Vatel
viernes, 10 de noviembre de 2006
¿Poemas? de un niño de 17 años.
I
Cuando me masturbo
Ya no pienso en ti:
En otro no tan sublime amor.
Cuando tenga cincuenta (los que ya tengo)
¿por quién me masturbaré?
II
Tu frigidez
Es mi felicidad
Al caminar por estos puentes.
III
Ya lo sé.
Serás precoz
Como tardío este amor que te consume...
Sin remedio.
IV
Tus ángeles son tuyos.
Tus demonios, míos.
Estoy a punto,
Pero por temor
No ejerzo la pornografía
¡Qué mentira!
V
Carece de tiempo el mediodía.
Nunca nos veremos dormidos
ni hurgar en las gavetas
de mi alma.
VI
¿Existes o sólo eres un sueño?
¿Qué más da?
Mañana ni me acuerdo.
VII
Que tú escapes
Cuando me sé las fases de las lunas de tu sexo,
Ahora que estamos diciéndonos mucho
Para descubrir mañana que no nos decimos nada,
No es justo,
Pero cierto.
VIII
Eres mi siglo de las luces,
Pero Alejo no lo sabrá.
Y me imagino persiguiéndote por las calles de mi ciudad,
Pero Alejo de esta historia no hará otra novela
(tendría que inventar palabras que no existen
aunque él es bueno para eso),
pero tu identidad... no, eso, no la sabrá.
IX
Mañana se me confunde el tiempo,
No tu espacio.
X
Noche, clara como el día:
No logro concebirte en la oscuridad.
XI
¡Qué cruel eres!
¡Qué maneras has buscado
para iniciarme en mi mayoría de edad!
XII
¿Qué esperas para llevarme contigo a quitarme de encima toda esta sed de deseo?
XIII
Todavía no sé a qué me llevan a la Salle des États
a contemplar
tu sonrisa.
IVX
Tales afirmaciones no se le dicen a un niño ingenuo como yo:
¿Travestido da Vinci en el rostro de Mona Lisa?
¿Será verdad esa mentira?
¿Será mentira esa verdad?
¡Bah! Ya tendré tiempo de averiguarlo.
XV
Señora, qué inoportuna usted a la hora, no de mi mano, sino todo mi cuerpo querer usted rehabilitarme.
París camino a La Habana
1971-1974
I
Cuando me masturbo
Ya no pienso en ti:
En otro no tan sublime amor.
Cuando tenga cincuenta (los que ya tengo)
¿por quién me masturbaré?
II
Tu frigidez
Es mi felicidad
Al caminar por estos puentes.
III
Ya lo sé.
Serás precoz
Como tardío este amor que te consume...
Sin remedio.
IV
Tus ángeles son tuyos.
Tus demonios, míos.
Estoy a punto,
Pero por temor
No ejerzo la pornografía
¡Qué mentira!
V
Carece de tiempo el mediodía.
Nunca nos veremos dormidos
ni hurgar en las gavetas
de mi alma.
VI
¿Existes o sólo eres un sueño?
¿Qué más da?
Mañana ni me acuerdo.
VII
Que tú escapes
Cuando me sé las fases de las lunas de tu sexo,
Ahora que estamos diciéndonos mucho
Para descubrir mañana que no nos decimos nada,
No es justo,
Pero cierto.
VIII
Eres mi siglo de las luces,
Pero Alejo no lo sabrá.
Y me imagino persiguiéndote por las calles de mi ciudad,
Pero Alejo de esta historia no hará otra novela
(tendría que inventar palabras que no existen
aunque él es bueno para eso),
pero tu identidad... no, eso, no la sabrá.
IX
Mañana se me confunde el tiempo,
No tu espacio.
X
Noche, clara como el día:
No logro concebirte en la oscuridad.
XI
¡Qué cruel eres!
¡Qué maneras has buscado
para iniciarme en mi mayoría de edad!
XII
¿Qué esperas para llevarme contigo a quitarme de encima toda esta sed de deseo?
XIII
Todavía no sé a qué me llevan a la Salle des États
a contemplar
tu sonrisa.
IVX
Tales afirmaciones no se le dicen a un niño ingenuo como yo:
¿Travestido da Vinci en el rostro de Mona Lisa?
¿Será verdad esa mentira?
¿Será mentira esa verdad?
¡Bah! Ya tendré tiempo de averiguarlo.
XV
Señora, qué inoportuna usted a la hora, no de mi mano, sino todo mi cuerpo querer usted rehabilitarme.
París camino a La Habana
1971-1974
¿Poemas? de un niño de 17 años.
(Autobiografía)
I
Cuando me masturbo
Ya no pienso en ti:
En otro no tan sublime amor.
Cuando tenga cincuenta (los que ya tengo)
¿por quién me masturbaré?
II
Tu frigidez
Es mi felicidad
Al caminar por estos puentes.
III
Ya lo sé.
Serás precoz
Como tardío este amor que te consume...
Sin remedio.
IV
Tus ángeles son tuyos.
Tus demonios, míos.
Estoy a punto,
Pero por temor
No ejerzo la pornografía
¡Qué mentira!
V
Carece de tiempo el mediodía.
Nunca nos veremos dormidos
ni hurgar en las gavetas
de mi alma.
VI
¿Existes o sólo eres un sueño?
¿Qué más da?
Mañana ni me acuerdo.
VII
Que tú escapes
Cuando me sé las fases de las lunas de tu sexo,
%
(Autobiografía)
I
Cuando me masturbo
Ya no pienso en ti:
En otro no tan sublime amor.
Cuando tenga cincuenta (los que ya tengo)
¿por quién me masturbaré?
II
Tu frigidez
Es mi felicidad
Al caminar por estos puentes.
III
Ya lo sé.
Serás precoz
Como tardío este amor que te consume...
Sin remedio.
IV
Tus ángeles son tuyos.
Tus demonios, míos.
Estoy a punto,
Pero por temor
No ejerzo la pornografía
¡Qué mentira!
V
Carece de tiempo el mediodía.
Nunca nos veremos dormidos
ni hurgar en las gavetas
de mi alma.
VI
¿Existes o sólo eres un sueño?
¿Qué más da?
Mañana ni me acuerdo.
VII
Que tú escapes
Cuando me sé las fases de las lunas de tu sexo,
%
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)